El intruso

Valeria Villalobos

EL INTRUSO

Fotografía de Walker Evans

Ahora él estaba en mi propia casa y no había nada que pudiera hacer para sacarlo. Cuando tenía cinco o seis años siempre soñaba con que llegara el sagrado día, pero nunca imaginé lo que en verdad sería vivir con su presencia minuto tras minuto. Ahora tenerlo tan cerca me produce náuseas.

Nunca fui una mujer demasiado alegre, tampoco bella, pero al menos antes de que estuviera a mi lado podía disfrutar de mi soledad esporádicamente e ignorar mi cuerpo lo suficiente. Esta casa, mi casa, una vieja construcción blanca, antes enorme y luminosa, una herencia familiar rancia, ya poco me parece mía. Cuando era niña, estaba habitada por mi madre, mis hermanas y algunas noches por mi padre. Mi madre, quien jamás nos había permitido ponerle seguro a las puertas, tocaba a mi habitación, abría y me decía con su desafinado tono: ¿Por qué estás tan sola? Baja a convivir con la familia; con esa actitud jamás vas a casarte. Pero nunca lo hacía y ella no insistía tampoco. Me tenía poca fe y yo también. Nunca imaginé que le cerraría la boca a los pocos años.

A diferencia de mi madre, él no toca a mi puerta y por más que me encierre, él siempre logra sacarme. Me busca, me busca incesantemente y yo no tengo espacios intocados por él para esconderme. Él está siempre ahí, reptando en las esquinas vacías y andando por los pasillos. Su sombra aparece todo el tiempo detrás de mis muebles y yo temo voltear a verlo. Cuando comenzó todo, a penas unos meses después de la boda, pensé que pasaría, que las cosas se calmarían. Intentaba ignorarlo y no lo miraba por temor a que en algo se pareciera a mi padre, a quien solo recordaba también arrastrándose por los corredores. Pero nada ha cambiado.

Recuerdo bien cuando entró por primera vez a mi cuarto, sentí cómo su mera existencia modificaba todo aquello que algún día había considerado mío. La mirada que yo ponía sobre las cosas ahora estaba condicionada por la suya. Cuando observaba algo lo imaginaba mirándome con ojos amarillentos resquebrajando los objetos en los que posaba la vista, como si me amenazara ante la menor distracción. Se reía y se agitaba cuando si quiera consideraba sugerirle un poco de espacio. Yo le pertenecía y no había nada que pudiera hacer al respecto. Conforme pasaron lo días esta casa se fue vaciando y contrayendo por su presencia. Ahora nadie pensaría que alguna vez aquí jugué sola y tranquila. Todo ha cambiado, hasta los ojos de mis viejas muñecas, de mis payasos, los juguetes que aún conservo, cambiaron; se sienten sus miradas cruzar de una habitación a otra, miradas profundas y negras de cuencos falsos que turban los pasillos. Me pregunto si ellos también buscan escapar.

Pero hubo cambios más espinosos que otros. Gracias a mi nueva vida matrimonial, este lugar, que me había acogido o al menos contenido de niña, sufrió varias modificaciones, la más importante: la habitación. Aquel cuarto, en el cual pasé varios meses barriendo la sombra de mi difunta madre, fue acondicionado según sus necesidades. Él desechó todas mis cosas. El único mueble que se me había permitido conservar fue el armario, ahí solía esconderme en mis años infantiles pero eso no se me permitiría más ni ahí ni en ninguna otra parte.

Hoy intenté escapar unos minutos y esconderme; corrí al balcón para tomar un poco de aire, me acerqué al barandal y no había pasado más de un instante cuando súbitamente apareció él con el destello de la ventana. ¿A dónde crees que vas?, me dijo su sonrisa chueca.

Los sábados, como hoy, la mucama se va y yo debo vérmelas con él. Es inevitable que huya al jardín cada vez que nos quedamos solos en la casa; es insoportable el encierro a su lado. Pero aún en el jardín, cuando pretendo leer o distraerme con cualquier otra cosa, continuamente volteo a ver la ventana de ese cuarto habitado hasta la asfixia incluso a solas. Antes nos visitaban algunos amigos el fin de semana pero ahora muy rara vez tenemos visitas, a él no le gusta. A veces ignora a algunas cuando vienen; elige bien a quién abismar con su presencia. Se porta completamente retraído con los extraños. En ocasiones sólo desaparece, pero sé que me vigila no muy lejos. A mí jamás me deja tranquila.

Las noches, las noches son lo más inquietante. A veces, cuando repentinamente me levanto lo contemplo metido en mi cama, envuelto en mis mismas sábanas, demasiado cerca, sensible a cualquiera de mis movimientos. Pero nunca he logrado verlo por mucho tiempo sin que el terror me invada y voltee la cabeza de golpe para orillarme al otro lado de la cama. Alguna vez, mientras dormía, soñé que me decía muy serio: jamás me enseñes el perfil. Cuando desperté parecía que me veía confirmando la frase de mi pesadilla. Fue una amenaza que nunca olvidé. Siempre he creído que finge dormir.

De chica mi cuerpo jamás fue muy sugerente y sigue sin serlo, pero ahora es un lugar húmedo y oscuro, es su mayor afición. Se pega a mí toda la noche, me genera un calor febril que me avasalla hasta el asco. Antes de dormir me revisa el cuerpo y me reprende al menor daño que le ocasione; tengo que cuidarlo hasta la devoción. Por ello, cada vez hablo menos y me desplazo sólo lo indispensable. Él me exige que esté en reposo, que me mantenga quieta pegada a la cama y a su disposición. Cuando con dificultad bajo las escaleras, él ya está abajo contemplándome con su sonrisa lóbrega. Me rodea con los brazos la cintura, me estrecha y me hace regresar a mi cuarto tras recordarme que debemos estar juntos siempre…

Tiene predilección por presentarse de inmediato cuando me peino frente al espejo. Lo estimula verme acariciando mi cabello. Es tan insoportable su mirada demente que poco a poco dejé de observarme en los reflejos. Ahora a penas y recuerdo cómo lucía antes de él. Ha escarbado tanto dentro de mí que sólo me imagino forzadamente quieta, llena de grietas, con la cara desencajada y el semblante angustiado. Nunca fui hermosa, ya lo dije, pero ahora sólo puedo figurarme con los ojos negros, huecos como los de las aves de rapiña, como los de él.

Ahora creo que él duerme y aprovecho el tiempo para escribir esto finalmente. Mientras escribo me toco el cuello, creo que las sombras de su rigidez ya no desaparecerán, no, ya no. Después de tantas noches de su cuerpo grotesco junto al mío mis músculos tensos están deshechos, casi expuestos, son delgadas membranas que están a punto de exhibir las polvosas cavidades que me quedan.

Pero no estoy loca. La gente no entiende; ellos se deleitan cruelmente con mis grietas, ellos preguntan por ellas y cuando he estado a punto de hablar, dentro de mí siento su suspicacia rasguñar mis entrañas y decido mejor no decir nada, por que si lo hiciera, si lo hiciera él podría enterarse. No, es mejor así.

Hoy cumplo siete meses; nadie se dio cuenta de mi huésped hasta que cumplí cinco. Mi esposo está feliz, desea que se parezca a él y no a mi padre. No entiende lo que es ser habitada por esto. Pero se acabará, hoy terminará. No seguirá asediando mi casa. Él ya no decidirá más qué hacer conmigo. La decisión ya está tomada.

Valeria Villalobos Guízar (1994). Estudiante de literatura latinoamericana en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México (UIA). Ha cursado estudios sobre literatura y periodismo en la Universidad de Buenos Aires. Es miembro de la Sociedad de Alumnos de Letras de la UIA. Está interesada en la escritura de cuento y la teoría literaria. Actualmente trabaja en la dirección del Departamento de Letras de la Universidad Iberoamericana como asesora estudiantil.

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