Especial de mayo: Como peces sin agua

ALAN GUZMÁN GUZMÁN

Como peces sin agua

I

Un día, cuando yo era un poco más niño y todavía tenía casi todos mis dientes de leche, me enamoré de una niña guapa. Ella era bonita aunque algo callada, así como las estrellas del cielo. Todos los niños del salón (desde Omar que siempre llegaba tarde porque vive bien lejos, hasta El Huesos que era el que nunca fallaba en sus tareas), nos moríamos por un beso de su boca. Uno solo. Cuando entraba al salón, con su colita de caballo bien amarrada y su pequeña lonchera, todos nos quedábamos bien calladitos. Te lo juro. Cuando pasaba entre las filas de bancas, hasta llegar a su lugar, todos nos sentábamos bien y hasta quitábamos del suelo el reguero de nuestras mochilotas, siempre vomitando libros y cuadernos en los que le escribíamos cartitas de amor que nadie se atrevía a entregarle—.

A veces notaba que la maestra hasta se reía de nosotros discreta, se tapaba la boca con su mano toda manchada de gis mientras decía que no con la cabeza. Yo siempre que participaba en las clases hacía mi mejor esfuerzo para poder decir algo que la impresionara (a la niña bonita, no a la maestra). Pero a veces llego a creer que ni me escuchaba, porque por más que yo me esforzaba, ella no hacía ni un gesto. Lo mismo sucedía en el recreo: cuando notábamos que ella nos estaba viendo mientras comía su desayuno, todos le echábamos más ganas y nos arrebatábamos la pelota como changos. Cuando acabábamos todos cansados y sedientos, íbamos corriendo a los bebederos. Ya sabes: “¡Huevo podrido el que llegue al último!”; cuando ella nos veía beber de esa agua, ahí sí bien que hacía sus caras de asco. Aun así se veía linda. Algunos dicen que el agua de los bebederos estaba contaminada, pero yo no creo. Cuando estás todo sudado cualquier agua es buena. También he llegado a tomar de la que sale del grifo en la cocina de mi casa. Eso nadie lo sabe, mi mamá se preocuparía mucho. Yo no sé casi nada, sólo sé algunas cosas. Sé, por ejemplo, que todas las personas han tomado agua del lavabo o del fregadero alguna vez en su vida. Pero nadie lo acepta.

Sé, también, que hoy todos hablan consigo mismos cuando están a solas. Pero nadie lo acepta. En fin, nos lucíamos cuando ella nos veía jugar. Pareciera que se trataba sólo de ver quien era el más fuerte. Dicen que a las niñas les gustan los niños valientes y fuertes. Yo intentaba ser fuerte con todas mis fuerzas, pero Educación Física no es lo mío en definitiva. Y menos Matemáticas: no me gusta la idea de que si Luisito trae unos tenis más chidos, porque sus papás son ricos, él sea quien pueda escoger los equipos a la hora de echar la cascarita. Lo que sí es que al menos el dinero puede comprar un montón de cosas. A veces nos disparaba a todos un Bon-Ice.Tampoco nací para la Geografía: sólo me sé el camino de mi casa a la escuela y de la escuela a mi casa, pero nada más. Ni siquiera sé dónde vive ella…no sé qué calle es ni de qué color es su puerta ni qué tan lejos esté la tiendita. Pero para qué quiero la Geografía, si en sus ojos ella trae el lugar más bonito del mundo. Para qué quiero las Matemáticas, si con ella no me falta nada. Para qué me serviría la Historia, si esto sólo fue un cuento.

La maestra de Español, en cambio, decía que le gustaba que leyera lo que yo había escrito de tarea. A mí me daba pena que me dijera eso enfrente de mis amigos, porque luego, a la hora de la salida, no dejaban de burlarse. Ya después nos íbamos todos por unas congeladas. Todos los viernes, la clase completa de Español se trataba de llevar algún texto escrito por nosotros y pasar a leerlo ante todos. Me gusta escribir, pero no me gusta hablar en público. Bueno, en realidad no me gusta hablar. Ya no.

A menos que sea con Tón…Tón es mi amigo imaginario del que nadie sabe nada. Ni yo. No le conozco la cara porque siempre trae puesto un casco de astronauta que él mismo se fabricó con papel aluminio. Él es un poco raro. Siempre trae un paraguas. Yo no creo que en el espacio exterior llueva, pero bueno…Hace tiempo que no se aparece, por cierto. Creo que está enojado. Es él quien me dicta al oído cuando tengo que hacer mis tareas de Español. La última vez que pudimos hablar tranquilos, me dijo medio molesto que no le gustó que mis otros amigos, los del salón, se hayan reído de las palabras que un día antes él me había pronunciado. Yo no supe qué decirle, desde ese momento las palabras empezaron a abandonar mi boca para siempre.

II

Estábamos viendo el tema Poesía. Los maestros a veces dejan tareas muy aburridas: se nos pidió que lleváramos un poema ya escrito. A mí me hubiera gustado más que en la misma clase tuviéramos que pasar al frente e inventar uno al instante. Pero no, teníamos que cuidar la fonética, el número de sílabas, el tipo de rima y no sé qué más…Todas esas cosas que a nadie le importan, ni siquiera a los verdaderos poetas.

No tuve de otra y el jueves en la noche me puse a escribirlo (bueno, no exactamente yo, sino Tón).

No lo pensé ni un segundo: el poema que escribiría sería para ella, para la niña más bonita del salón. Así que fui al refrigerador y me serví leche en un vaso de plástico (una vez rompí uno de vidrio sin querer y, entre los cristales, había unas cuantas gotas de agua. Al principio me espanté porque cuando las vi, te juro que pensé que eran las lágrimas del vaso. Nunca me ha gustado romper cosas o personas, porque sé lo que se siente y es muy feo) y tomé de la alacena un paquete de galletas con chispas de chocolate, mis favoritas. Todo lo hice a escondidas, pues a mi mamá no le gusta que coma en mi cuarto.

Me vestí con mi pijama de animalitos, saqué mi cuaderno y un lápiz. Luego puse, con mucho cuidado, enfrente de mí, la fotografía grupal que nos habían sacado el año anterior. Y viendo la cara de ella fue como me puse a escribirlo. Ahora me da un poco de pena recordar lo que escribí porque hacía comparaciones tontas; decía, entre otras cosas, que “algún día el universo tuvo el tamaño de sus ojos”, cosas así, cosas que uno dice cuando quieres mucho a otra persona.

Le escribí hasta quedarme dormido. Lo malo es que dejé la lámpara encendida toda la noche. Seguramente mis papitos pagaron muchas monedas por la luz en ese mes.

III

Ese viernes en la mañana me desperté bien temprano, más de lo normal, y en menos de 5 minutos yo ya me había lavado la cara para quitarme las lagañas y hasta me había peinado como Benito Juárez. A mí nunca me ha gustado ese peinado, prefiero el que es como de picos o de mango chupado, pero una vez escuché en el baño a unos niños de 2 grados más arriba, decir que a las niñas les gustan los niños bien peinaditos y que huelan rico. Fue por eso que me peiné así y, además, esa mañana me atreví a ponerme del desodorante de mi papá. No me gustó, por cierto. Las axilas me ardían. Pero olía muy rico. Ese día le pedí de favor a mi mamá que me preparara no uno, sino dos sándwiches de jamón. Uno era para mí, y el otro era para ella. No iba a poder decirle que quería estar con ella en el recreo sin tener nada que compartirle. Le pedí que a uno de los dos le pusiera todo, menos chile; el otro, como normalmente me los preparaba, es decir, sin aguacate y sin chile. A mi mamá se le hizo un poco raro porque yo casi siempre regresaba a casa con el lunch intacto, pues prefería jugar con mis amigos en el recreo, que comer. Pero mi mamita, con lo buena que es, no preguntó nada y sonriendo me dijo que sí. Ese día fui el primero en llegar al salón, la escuela estaba vacía. Nunca olvidaré esa escena. Una escuela sin niños adentro es hermosa. Yo preferiría quedarme en la casa a jugar con plastilina o dibujando. En fin, cuando llegué al salón hasta me tocó prender la luz. Al entrar y ver todas las bancas, me dieron un montón de ganas de sentarme al lado de donde ella se sentaba. Pero nos acomodaban según el número de lista. Nunca me ha gustado que me vean como un número. Por mi apellido, me tocaba sentarme en la parte trasera del salón; donde todos los traviesos se sientan, o sea, mis amigos. A ella le tocaba por la zona de en medio, casi hasta adelante. Siempre estuvimos lejos…

La primera hora era la clase de Español. Como estaba bien emocionado, cuando la maestra preguntó que quién quería pasar a leer su poema, yo luego luego levanté la mano. No debí hacerlo: Cuando terminé, volteé a verla con muchos brillos en los ojos y en las pestañas; la maestra se había quedado bien seria, viéndome fijamente, nunca olvidaré esa expresión. En el salón hubo un silencio de esos incómodos, un silencio como de muerte; me hizo pensar en el silencio que hubo en el funeral de mi abuelita. No sé cuánto tiempo estuvimos así, como en el funeral de mi abuelita, pero para mí fue mucho. Eso se acabó cuando ella, la niña linda, comenzó a reírse como loca. Todos los demás después hicieron lo mismo. La maestra intentó callarlos, pero no se callaron. Lo que yo hice fue echarme a correr muy veloz, como el Power Ranger azul, al baño. Ahí me encerré un ratote. Quería llorar, pero sabía que no podía hacerlo porque cuando regresara al salón se iban a reír ahora de mis ojos hinchados como los de un camarón con salsa Valentina. Y entonces ahí me quedé en silencio, cruzando los brazos y rechinando los dientes. Tal vez creas que crucé los brazos de coraje, pero no: en realidad me abrazaba a mí mismo.

Después de unos cuantos minutos llegó el Alex (es mi mejor amigo porque con él como papitas mientras hacemos honores a la bandera, los lunes), me dijo que la maestra lo había mandado por mí. Yo ya llevaba mucho tiempo ahí metido. Y pues, aunque yo no quería, regresamos al salón los dos. Las palabras que Alex me dijo mientras caminábamos de regreso se me fueron quedando muy adentro. Así como cuando lanzas monedas a una fuente y después de un rato están hasta el fondo, sin que nadie las vea pero bien instaladas. Ese día, me acuerdo que llegué a mi casa y anoté las palabras en una hoja de papel que luego arrugué y aventé abajo de la cama, ahí donde Tón tiene su centro de mando espacial. Unos días después me asomé sin pedirle permiso, y no encontré por ningún lado la hojita. Eso quiere decir que la leyó y decidió guardarla en su mochila cohete; lo cual también significa que algún día enviará un mensaje en una botella a modo de respuesta a esas palabras. Espero con ansias la respuesta.

En fin, cuando ambos entramos al salón, creí que se reirían otra vez de mí pero ni siquiera me voltearon a ver. Algo les ha de haber dicho la miss. Yo ya quería irme a mi casa, pero el día apenas había empezado.

A la hora del recreo yo no tenía ganas de jugar, así que me senté solito en uno de los escalones que daban al patio y las canchas. De tanto coraje que tenía, me comí los dos sándwiches. Incluso el que era para ella y que traía aguacate. A mí no me gusta el aguacate ni las tapas del pan Bimbo. Pero ese día aprendí que tendría que tolerar muchas cosas que no me gustaban. Después me espanté porque me acordé que mi abuela, cuando todavía estaba viva y con cabello, decía que no es buena idea comer aguacate cuando estás enojado. Según te hace daño al hígado o al pulmón, no sé qué órgano, pero a mí ya bastante me dolía el corazón con lo que había ocurrido en la mañana. De todos modos comí muy rápido.

Quedaban todavía como unos 10 minutos de recreo y a mí ya me estaban dando ganas de irme a jugar. Pero justo en ese momento se sentó a mi lado Anita, la mejor amiga de la niña a quien yo le había escrito mi poema. Me dijo que en realidad a las dos les había gustado lo que escribí, pero que se rieron porque no sabían cómo reaccionar.

Sabía que lo que yo le dijera era como si se lo estuviera diciendo a la niña que me gustaba. Entre amigas no existen los secretos. Quise hacerme el fuerte (tal vez en el fondo tenía la esperanza de que con eso yo pudiera agradarle un poquito), y entonces le dije que en realidad no lo había escrito yo, sino Tón. Y que no era más que una simple tarea más de esa materia tan fea. Anita se rió de un modo raro y se fue corriendo. Cuando yo me iba a parar a jugar, sonó el timbre y pues tuve que regresarme ya al salón, sin haber jugado pero también sin hambre, al menos.

A la salida les dije a mis amigos que no me regresaría caminando con ellos, que mi mamá vendría por mí. Ellos me creyeron y se fueron con la respectiva congelada del día en sus manos. Mentirle a los amigos es de lo más fácil, siempre te creerán; pero no es algo que deba hacerse a cada rato, sino solo en casos de emergencia (como éste). Yo quería caminar solo. Así que dejé que se adelantaran un poco. En ese momento, no vi de dónde, llegó hasta mí la niña aquella, la bonita: “¿Quién es Tón?”, preguntó. Yo estaba tan enojado que pensé en responderle que un preguntón, pero me aguanté. Le dije que era un amigo. Ella cerró sus ojitos tan pispiretos, como si fuera una chinita, y me dijo que no me creía. Yo me puse bien nervioso porque me estaba cachando la mentira. Pero entonces le dije “te lo prometo”. Y con eso como que ya me creyó un poco más. Se quitó su bufanda rosa que traía, me la colgó en el cuello y me dijo: “por favor llévasela a Tón… dile que se la ponga en su cuello también. Quiero conocer su olor”. Yo estaba con las piernas hechas como de sopa Maruchan, le dije con la cabeza que sí, fue todo lo que pude hacer. En realidad me hubiera gustado decirle la verdad sobre Tón, pero sería como traicionarlo (recuerdo que una vez me dijo que no quería que conocieran su rostro, y que por eso usaba el casco). Me sonrió de una manera muy misteriosa, se dio la media vuelta y comenzó a alejarse.

Te voy a decir una verdad: a veces, cuando quiero llorar, cierro los ojos y recuerdo ese pequeño instante. Ahí debí detenerla y decirle todo, absolutamente todo. ¿Qué es lo más grave que hubiera pasado? Lo más peor es que me hubiera dado un golpe en la cara, pero al menos hubiéramos evitado el fin del mundo que vendría…

IV

“Te querría si fueras otro”, me dijo semanas después, entre otras frases que me dolían. Insistía en que le presentara a Tón. La verdad es que eso, a pesar de que me lastimaba, llegó un punto en que empezó a gustarme: en el fondo, muy en el fondo, yo sabía que Tón soy yo, pero nunca se lo dije. Había días en que me pedía que desayunara con ella en el recreo. Yo me aseguraba de traer siempre en los bolsillos alguna nueva historia o poema escrito por mi amigo imaginario. Ella decía que por sus palabras, él debía ser alguien guapo y caballeroso.

Nos empezamos a juntar cada vez más, hubo una época, la más padre de esos días, en que diario desayunábamos juntos en el recreo. Después yo me iba a jugar pelota con mis amigos y ella a jugar al resorte con sus amigas. Yo existía para ella solo durante unos 10 minutos, era como su propio juguete con vida. El sueño de todo niño pequeño, tal vez.

Recuerdo bien que una vez los de la secu organizaron una kermesse para ayudarse a pagar el boleto de su graduación. No sé bien de qué se trate una graduación, sólo sé que tienes que hacerla si quieres salir de la secundaria. De lo que sí estoy seguro, es que consiste principalmente en rayarse las playeras con plumones indelebles. Se ponen mensajes como “nunca te olvidaré” y otras mentiras. En esa kermesse armaron el puesto de las bodas. La niña bonita, la de las chispas de chocolate en las mejillas y la nariz, cruel como ella sola, se me acercó y me pidió que me casara con ella. Yo accedí presuroso y sin pensarlo, así que corrimos al lugar e hicimos fila. Yo pagué con mis tres fichas que me quedaban. Casarse sale bien caro. Cada ficha costaba 5 pesos. Además quise verme elegante y antes le disparé un vaso de refresco, que costaba una ficha. Lo bueno es que al menos no pasamos sed en lo que nos tocaba nuestro turno, porque el Sol estaba bien quemoso.

Era el momento, los chavos de secundaria encargados del [Matrimonio’s place], como decía el letrero colgado del árbol, nos dieron una hojita a firmar. Yo no entendí bien de qué se trataba pero, entre otras cosas, ahí decía que si firmaba era como aceptar vivir con ella para siempre. Apenas leí eso y no necesité nada más: en ese mismo instante me inventé una firma y la hice con toda la seguridad del mundo. Esperé a que ella también lo hiciera, pero leía muy atenta y en voz alta todo lo que la hoja decía. Total que sí la firmó. El padrecito, que era un chavo muy alto, dijo que podíamos besarnos. Yo pensé que si lo hacíamos nos correrían de la escuela. Lo que yo menos quería era arruinar su futuro: ¿en dónde estudiaría ella si nos corrían? Además de que ya no nos veríamos, claro, porque acuérdate que no me sé el camino a su casa.

Lo que sí es que no me siento a gusto en los lugares donde están prohibidos los besos. Empecé a sentir en el ombligo como cosquillas, así como cuando me subía al dragón en las ferias,; también las piernas me empezaron a temblar y estoy seguro que en el lugar del corazón tenía un pescado recién sacado del agua. Metí las manos en los bolsillos del pants (porque ese día me había tocado Educación Física), y volteé a verla bien contento. Ella me dijo muy seria: “hay que hacer de cuenta que yo me estoy casando con Tón y que tú te estás casando con nadie”. Con eso, el pescado en mi pecho dejó de sacudirse, pobrecito. Sentí que mis ojos se hacían como de agua, pero toda esa agua nunca me sirvió para revivir al pececito.Y ni modo, sólo pude decir que sí con la cabeza. Le di un beso en la mejilla y se echó a correr. Sí sabía a chocolate… Quise ir tras ella pero entonces un joven me detuvo: “¡ey, no has pagado, niño!”; saqué mis últimas tres fichas del bolsillo y se las di.

Ya no la vi durante todo el recreo que, por cierto, ese día el director nos regaló 10 minutos más. Eso me hizo pensar en que hay mucha gente muy buena en mi ciudad. Cuando tocaron la chicharra para regresar al salón, la vi ahí, sentada en su banca. Tenía un globo de esos que flotan atado en su muñeca. Yo no quise preguntar, pero los demás niños sí: Enrique, el niño más alto del salón, se lo había comprado en la kermesse. Yo me puse muy triste pero también me puse feliz. Wall-E es mi película favorita. Y el globo era de Wall-E diciendo: “Eeeva, te quiero”. Ese mismo día, después me enteraría, Enrique fue el más valiente de todos nosotros. ¡Se atrevió a decirle que le gustaba!, por eso le compró el globo en el puesto de regalitos, se lo amarró a la mano de ella, y después se echó a correr. Me di cuenta que todos los niños corremos cuando queremos sentirnos a salvo. Pero los adultos también corren, eh. Cuando se les hace tarde, por ejemplo.

En fin… Yo cada vez la veía más y más lejos, como borrosa. Aunque trajera los lentes puestos, la veía como un dibujo cuando se está borrando. Poco a poco desaparecía de mi vista, pero no de mi mente. En las noches no podía dormir por estar pensando en ella y en el tonto de Enrique. Ya cuando eran como las 10 de la noche me empezaba a agarrar el sueño y entonces sí me dormía. Ya era bien tarde. Al otro día me costaba trabajo pararme, eso sí. La luz me hacía sentir que tenía jugo de limón en los ojos. Pero luego luego me acordaba de ella y me paraba de la cama sonriendo.

Los viernes no me gustan. Primero por lo que pasó, que todos se rieron de lo que Tón había escrito, pero además porque después del viernes viene el sábado y luego el domingo: eran, en total, dos días sin que yo pudiera verla. Aunque a veces tampoco tenía muchas ganas de verla ni de hablar con ella.

A veces hablábamos; sí, nos mandábamos papelitos. Hubo muchos que le escribí pero no le aventé porque no quería que los leyera, más bien me los comía. Me gusta el sabor del papel. Tiempo después me enteré que ella hace lo mismo: escribe papelitos que tengo que entregarle a Tón, pero luego decide que mejor no y los mastica con delicadeza.

Creo que teníamos muchas cosas en común: a ella tampoco le gusta la Geografía. Eso ya es mucho.

V

El amor no es lo único que puede quebrarte el corazón o hacerte sentir mal. Los adultos no lo saben:

-La respuesta inmediata al amor casi siempre será el miedo.

-El tiempo no cura nada.

-Hay personas que sí se mueren de amor.

Una vez me salí a jugar al jardín. No sé cómo sucedió, pero se me encajó una astilla, una como púa muy pequeñita en el dedo gordito de mi mano derecha. No me espanté: lo bueno es que ya soy niño grande y juego videojuegos de unos zombies que se pelean contra unas plantas (se llama Plants VS Zombies y está bien bueno). Uno de los zombies trae un cono encajado en la cabeza y no me dio miedo. Por eso cuando vi la astilla en mi dedo no me espanté.

Intenté sacarla, pero sucedía lo contrario. Mientras más intentaba sacarla, más adentro se clavaba.

Tan parecido al amor cuando te duele: mientras más intentas sacarlo, más hondo se va encajando.

Por eso hay que hacerle caso a las abuelitas y a las mamás: hay que frotar el dedo en la cabeza y esperar a que el cuerpo solito, con el paso del tiempo, expulse la espinita.

De lo que sí no estoy seguro, es si lo que nos cura es el paso del tiempo o la sabiduría del propio cuerpo. Si es lo primero, pues ya me borraré el segundo punto que escribí un poquito más arriba. Y, si es el cuerpo, pues espero que se apure porque este pobre pececito en mi pecho, además de que ya no respira, también trae una aguja en su pecho, bajo sus aletas que apenas y se mueven.

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