Instantes perpetuos

Referencia: La vida que se va- Vicente Leñero

Pablo Forastieri

Instantes perpetuos

Al fondo, en la playa, seguía Guillermo mirando la interminable secuencia de olas que crecían a lo lejos y desaparecían a sus pies. Me acerqué y le ofrecí una de las dos cervezas que tenía en la mano.

– ¿Qué tienes planeado hacer? – dije mientras me sentaba en la arena y destapaba la cerveza con un encendedor.

– Tengo la sensación de que debería regresar hoy a casa. Hay familia que viene de fuera y siento la obligación moral de verlos antes de que se vayan. ¿Tú?

– No sé. Yo todavía tengo dos días para que tenga que regresar.

– ¿Para la comida del siete del siete?

– Exacto. Pero hasta entonces, no sé qué voy a hacer.

Buscando resguardo del viento, Guillermo escondió su cabeza y brazos dentro de su camiseta. Encendió un cigarro de cannabis, extrajo las extremidades como si saliera de un caparazón y me ofreció.

– Tal vez pase por Boca y visite a Alicia. – Las palabras salieron acompañadas por el humo de la exhalación. Fueron pronunciadas de manera pausada y tan para mis adentros que me arrepentí en el preciso momento en el que el sonido llegó a mis oídos. Sabía lo que una oración así provocaría en el otro par de oídos que me oyeron pronunciarlas.

– ¿Todavía sigues con eso? Carajo. – Dijo sin disimular impaciencia. – Deja el pasado en paz. Por el bien de ella también. Si no quieres estar con ella, no le hagas pensar que puede terminar contigo. Ella no ve estas espontaneas reuniones de la misma manera que tú, ¿sabes?

Guillermo, como buen amigo, estaba al tanto de la suma de aquellas inoportunas trivialidades que orillan a una relación por encallar en lágrimas resentidas y verdades a medias.

Había pasado mucho tiempo domesticando la idea de que los escombros pertenecían al pasado. Sin embargo, Guillermo tenía razón. La buscaba, a sabiendas aún de que no era lo que buscaba para mí. La buscaba para desenterrar del antaño un sentimiento de plenitud que solía hacerme sentir; y extrañaba. El tiempo que pasábamos juntos tenía la tarea de alimentarnos de recuerdos del pasado, sin interés alguno por crear nuevos. La abrazaba como un ejercicio nostálgico que no tenía futuro.

– No es lo que tú crees. – Mentí. – Es una amiga y nada más.

– ¿Se tratan como amigos? – Dijo con severidad, extendiendo la mano para tomar el cigarro de entre mis dedos. – Sé honesto contigo que a mí, al final del día, me vale madres.

– Es irrelevante.

– No lo es. Era un mal necesario en tu vida. Ahora, tú te has convertido en un mal innecesario en su vida.

– ¿En qué le hago mal?

– Eres tan tú que, contigo, jamás podrá ser ella. Abre los ojos y termínalo. Ya tuvieron su final.

– ¿Y si no fue el final? – Insistía mientras tomaba el cigarro que me devolvía. – ¿Y si lo que ha pasado fue sólo un pequeño preludio para algo mejor?

– Si lo quieres ver así, piensa que la noción de un tiempo circular deja de levantar expectativas, ¿no crees?

– ¿Cómo?

– Todo lo que ha pasado con ustedes se está acumulando en el futuro, y volverá a hacerse presente. No hay razón para pensar que será diferente. Regresar sólo abre las puertas a que cometan los mismos errores. – Sentención con la fría honestidad que caracteriza a un buen amigo.

– ¿Qué sugieres que haga? – Contesté sin levantar la mirada ni prestar mucha atención a la respuesta.

– No vayas. Cualquier cosa es mejor que ir.

Al poco tiempo de verlo partir, llegó el camión 43. El limitante económico y el excedente de tiempo me confinaron al camión pollero. Casi veinte paradas y un par de horas me separaban de Boca.

El acomodo de los asientos estaba estructurado de tal manera que había bloques de cuatro donde dos lugares quedaban de frente a otros dos.

Tomé un lugar junto a la ventana. Casi hasta el fondo. Recargué mi hombro derecho y recliné el respaldo hasta el tope. Subí los pies en el asiento frente a mí y adopté la posición más cómoda que el espacio permitía. El sol de tarde comenzaba a azotar el metálico camión y buena parte de mi espalda, creando la confortable temperatura que me sumergió en un liviano sueño.

La razón de mi despertar se materializo en una mano que oprimía sus dedos de alfiler en mi pierna izquierda. La primera punzada se mezcló adecuadamente con mi sueño; la segunda me sacó de él y la tercera abrió mis ojos. Me encontré con la juiciosa mirada de un señor de tercera edad sentado junto a mí. El silencio no se rompió, pues, al seguir con la mirada la dirección que indicaban sus dedos, entendí. Mis piernas estiradas estorbaban en el asiento, el último vacío del camión.

A un lado del anciano había par de ojos azules que, con la lindura e intensidad con la que me veían, no hizo más que postergar cualquier posible movimiento de mi parte. Un cuarto alfilerazo en la pierna reactivó el sistema y quité las piernas. En medio del movimiento consecuente, nuestras rodillas chocaron y sus pies pisaron los míos en repetidas ocasiones. Perdón, decía al aire tras cada contacto.

La lentitud de mi reacción y el torpe nerviosismo de mis movimientos, evidenció la eficacia de su coquetería. Lo cierto es que la mujer creó un profundo desconcierto en mí. Sentía la atracción de su figura que incluía, pero superaba, la belleza natural. Los gentiles detalles de su rostro me llenaban de curiosidad y me suplicaban recortara distancia, pero la idea de su proximidad me estremecía.

Distraje el acelerado palpite del corazón sumergiendo mi cabeza en todas las nimiedades que pudiera encontrar del otro lado de la ventana: el tractor que araba un campo y era conducido por un viejo hombre fumando de su pipa; la jauría de perros que ladraba y perseguirá al camión que invadía su territorio, para luego regresar a su guarida bajo la sombra; el movimiento en las copas de los arboles bailando al ritmo del viento. Unos azules ojos me estudiaban de manera singular, me hizo notar el reflejo de la ventana.

Instintivamente, sin girar la cabeza y revelar mi descubrimiento, desenfoqué la mirada del mundo detrás de la ventana y la enfoqué en el cristal y su reflejo. Sus ojos, rodeados de largas pestañas, me estudiaban confiados en la distracción de los míos.

En su momento, giré la cabeza y con naturalidad artificial la reintegré al campo de visión dentro del camión, alcanzando captar la huida de sus ojos sobre los míos. Mismos que fueron a parar sobre una pequeña niña sentada en el regazo de su padre que jugaba con un coche de juguete. Se miraron un segundo y casi simultáneamente se sonrieron.

En el transcurso de los siguientes kilómetros decidí observarla. Estudiar de reojo sus bajos pómulos y la barbilla graciosamente definida. Me gustaba la mirada absorta y soñadora que descubría en sus ojos. En otra ocasión habría encontrado una manera de entablar una conversación. Pero, dado el estado de temporalidad que caracteriza a un pasajero y suponiendo que su última parada podría llegar en cualquier momento, me conformé sólo con mirar. Mirar y preguntarme cómo sería el cuerpo que ocultaba el delgado vestido, el contorno de su cuerpo, el volumen de sus sugestivos pechos y las facciones que escondía. Imaginar los pensamientos que bullían en el interior de esa interesante cabeza. Disfrutar de sus ojos y el aleteo de sus pestañas. El reflejo por el que, a instantes, humedecía sus labios. Imaginaba el calor que desprendían sus manos, elegantes hasta la punta de los dedos, y lo que sería tocarlas.

Tras un pequeño lapso en el que descuidé la discreción que caracteriza al reojo, ella dirigió inadvertidamente su mirada hacia mí. Al descubrir la avidez con la que tenía clavados los ojos en ella, me dedicó una sonrisa breve y enigmática. Regresé la sonrisa, pero no sostuve la mirada. Acobardado, giré la cabeza hacia la ventanilla, como si el hecho de que la haya estado observado recaía en la mera coincidencia de que se encontraba en mi campo de visión. Agudizando la mirada en los verdes plantíos, fingí concentrarme en algún pensamiento remoto. Pero cualquier pensamiento que intentara retener era invadido por el recuerdo que dejó atrás ese pequeño instante en el que cruzamos miradas.

El curioso fenómeno que nos intimidaba a ambos a mantener la mirada fue menguando conforme aumentaban las repeticiones. El contacto visual se incrementaba un par de segundos en cada ocasión. Las expresiones eran cada vez más afables, pero el silencio aún inquebrantable.

Me atormentaba el ocaso de cada instante. Por un lado la floreciente situación de miradas y sonrisas que enriquecían el presente; por el otro, la cobarde cobija de la incertidumbre. Le quería hablar. La quería conocer. Escuchar su voz. Sin embargo, parecía improbable que nuestro destino fuera el mismo, pero la probabilidad, me decía, no cuenta cuando se trata de hechos reales. Sólo porque algo sea improbable, no significa que no vaya a pasar. Y así, como fuerza ineludible, bullía la pregunta. ¿Qué vas a hacer?

Esta pregunta, sencilla pero contundente, esconde la angustiosa necesidad de escoger una acción, entendiendo que la inacción también se escoge. Analizar y ponderar una inmensidad de diferentes posibilidades y desenlaces. Cada palabra que uno logra articular cuenta, así como el tono y el gesto que la acompaña. Votar por el momento preciso para actuar. Hay que elegir, no solo el qué hacer, sino también el cuándo. Inquietud al cuadrado y las palmas de las manos empiezan a sudar.

Esto es generalmente lo que pasa por una cabeza masculina cuando deja de distinguir la diferencia entre el todo que perder y todo que ganar. Un atrofio paulatino de las facultades motoras y verbales. La lucha entre la duda y la valentía.

Frente a las respuestas que puede uno encontrar a esta pregunta -algo, nada, todo-, podemos y debemos, desglosarla a preguntas más sencillas y específicas. Identificar y concentrarse en las que te atreverías a hacer. De la sutil realidad se bifurca la casi tangible pregunta del momento que atesora en su seno a todas las anteriores. ¿Te vas a atrever?

El contexto deja dos paralelos: lo que está en mis manos y todo lo que pertenece al reino del azar. Puedo escoger qué decir y cuándo hacerlo. Pero desconozco el momento en que se levantará de su asiento, bajará del camión y desaparecerá. O quizá lo haga yo antes.

Tomando el camino fácil, pero el menos prometedor, decidí por la inacción. Si no coincidimos, la acción es, a fin de cuentas, inútil.

Tres más; casi treinta kilómetros, aproximadamente setenta kilómetros por hora… estaría ahí en veinticinco minutos. Tiempo que usaré para seguir viendo sus ojos de brillo de luna. Dos paradas más y en cada momento se plasma la posibilidad del peor de los desenlaces. La última se acercaba a una velocidad injusta y ella permanecía sentada. Sumergidos en la eternidad del tiempo subjetivo, los minutos parecían haber dejado sumarse. La posibilidad de coincidir era cada vez mayor.

Mi parada se acercaba. Con lentitud comencé a moverme a la par que el camión disminuía su velocidad. Primero los pies pisaron con firmeza para extender fuerza a las piernas que, en unos instantes comenzarían a sostener el resto del cuerpo. Incliné ligeramente el torso hacia adelante para dar inicio al proceso que me haría despegar las pompas del asiento y levantarme. Sin embargo, el impulso final nunca llegó. Los pies frente a mí no pisaban con firmeza, indicando que su cuerpo no pretendía levantarse.

Su expresión transmitía la misma duda, ya resuelta, que tenía yo respecto a su destino final. Su mirada advertía una súplica que me orilló honrosamente a decidir que mi parada sería la suya. Mi espalda se recargó nuevamente en el asiento y la presión que los pies hacían sobre el piso desapareció. El camión avanzó y mi destino original, junto con los planes que ceñía, se desvanecieron.

Vacilé un par de segundos, quizá más, pero logre hablar.

– ¿Cómo te llamas? – Dije con voz espesa.

– Carolina – Contestó sonriendo y sin avergonzarse de hacerlo. – ¿Esa era tu parada?

– Sí. – Respondí haciendo un esfuerzo por despejar la garganta. – Esa era mi parada.

– ¿Por qué no te bajaste?

– La curiosidad de saber tu nombre no me lo permitió. – Respondí sin titubeos y respirando un aire de seguridad que por fin se hacía presente.

– Me da gusto. – Sentenció ampliando aún más esa enigmática sonrisa que comenzaba a caracterizarla. Preguntó mi nombre y se entabló una plática bajo la cual fui capaz de robar un par de risas.

En este mundo de carne y hueso, nunca había conocido a una criatura como ella. No es que fuese más bella que todas las mujeres, ni tampoco que tuviera cualidades excepcionales. Pero, en esos primeros minutos que pasé sentado frente a ella, descubrí cierto aire salvaje, una sublime energía que irradiaba en sus palabras y gestos; que se adueñaba de mi curiosidad.

El camión se detuvo cuando caía sobre nuestros hombros el primer goterón de oscuridad, dos o tres paradas después. Bajamos y nos disipamos en un pueblo sin nombre. Caminamos por las calles empedradas e iluminadas por farolas que se comenzaban a encender. Caminando hombro a hombro, donde nuestras manos alcanzaban pequeños contactos, Carolina guiaba a paso seguro. Cruzamos, sin prisa pero sin detenernos, por un parque, al costado de una catedral y un par de pintorescas avenidas. Tras caminar unas cuantas cuadras sobre un amplio camellón, doblamos hacia la esquina para encontrarnos de frente con La Noventainueve. Una taberna rescatada de la antigüedad, remodelada y restituida a su pasada grandeza, según describía Carolina con entusiasmo.

Entramos a un local angosto pero de unos veinte metros de largo. La clientela se distribuía sobe dos extensas mesas casi pegadas a la pared y rodeadas de bancos de madera. Sin embargo la vista, desde donde estábamos parados, sólo permitía ver la mitad del local. Al fondo, tras la barra, se escondían unas empinadas escaleras que bajaban a otro piso. Mismas proporciones en lo ancho y lo largo pero con un solitario banco al fondo, acompañado únicamente por un micrófono empapado de alcohol.

Nos sentamos con una cerveza en una mano y un tequila en la otra. Le hablé de mí y de mis planes. De otro cigarro y otro tequila. Del universo paralelo que me tenían sentado con otra persona en Boca, deseando estar en algún pueblo desconocido conociendo a esa del camión.

Me contó sobre sus pasiones y deseos. De la fascinación de su familia por las ciencias exactas, razón por la que aborrecía la obsesión humana por la exactitud. La expresión artística, emocional, se encuentra en el margen de error, decía, en la ambigüedad del deseo. Fue así como nació su pasión por la escritura. No planeaba vivir de sus palabras, pero sí del impacto que estas tuvieran en el mundo.

Me intrigaba la curiosa manera en la que interactuaba con el mundo que la rodeaba. Era inmune a la sensación de que el tiempo se le estuviera acabando; pero vulnerable a toda curiosa insignificancia que la rodeaba. Hablaba poco del futuro, como si temiera echarse a perder la sorpresa. Entendía su pasado, sin enaltecerlo ni resentirlo, como una serie de pequeños movimientos estratégicos y azarosos que había que tomar y aceptar para poder encontrar a la persona en la que se quería convertir.

Fantaseaba con la idea de construir una nueva vida utilizando sólo las herramientas intelectuales y emocionales que heredaba de ésta.

Al poco tiempo comenzó a llegar la música del trovador, pausando sólo para vaciar vasos de alcohol cortesía de la casa. Lo recuerdo porque fue cuando comencé a notar el ridículo espacio de soledad que nos separaba y buscaba el valor para ocuparlo. El tiempo pasaba deprisa; no sólo el tiempo de la noche, sino el tiempo de lo posible. La osadía de tomarle la mano resultó un éxito cuando ella entrelazó sus dedos con los míos.

La lentitud con la que se desarrolla el primer beso suele ser precipitada cuando uno la recuerda. Empieza con un repentino silencio en el que la única comunicación que permanece es visual. Después, la distancia comienza a desaparecer hasta que, tras un último chapuzón en su mirada, sus gruesos labios besaban los míos con destreza.

Fue el primero de varios besos, el primero de innumerables besos. No puedo dar cuenta de las manipulaciones que siguieron. Las complejas maniobras que me permitieron aprender a besarla. Las enredadas maniobras que nos permitieron pagar la cuenta y salir a la calle despegando los labios solo por breves instantes.

Su mano me guiaba nuevamente por calles y callejones. Me guió a través de unas anchas puertas de madera. A través de un largo pasillo con pintorescas pinturas a sus costados y ornamentales arreglos de flores junto a cada puerta que dejábamos atrás. Se detuvo frente a una puerta marcada por dos verdes azulejos decorados con un veintitrés. Varios lentos segundos pasaron antes de que pudiéramos abriera la puerta.

Nos escurrimos hacia un cuarto iluminado sólo por la luz de la calle. Parte de la luz descubría una sección de la cama, el resto iluminaba el centro del cuarto. Carolina se detuvo en este centro y volteó la mirada. Sus azules ojos se clavaban en mí mientras comenzaba a aflojarse la parte trasera del vestido, dejándolo resbalar a lo largo de su esbelto cuerpo. Revelando una figura suave y terrenal que, por encima de los categóricos factores femeninos que intrigan a primera vista, admiré su cuello y espalda, piernas y rodillas, muñecas y tobillos. Los irrelevantes detalles valiosos esparcidos a lo largo de su piel. La extensión de sus brazos, la figura de sus manos y el contorno de sus dedos que me comenzaban a desvestir. A despojar de tanta ropa y tanta espera.

Evitando la precipitación, entendía que todo debía avanzar con lentitud. Construyendo los siguientes pasos a partir de los más ligeros incrementos; inaugurando un tentativo baile de acercamientos y caricias. Mis manos recorrieron su cuerpo por un tiempo para después comenzar a besar todo lo que habían tocado. Así conocí el pequeño lunar escondido en la parte inferior de su pecho derecho; una cicatriz entre sus muslos; la simpática reacción de su cuerpo cuando tocaba la planta de sus pies.

Embriagados del constante enredo de abrazos, risas, sexo y caricias, nos rehusábamos a considerar las ramificaciones del amorío que nos envolvía. Perdurábamos recostados en la cama que acogía a las últimas dos personas del universo.

El sol, enrojecido de amanecer, apareció cuando parecía que apenas empezábamos. – Me tengo que ir. – Dijo con suavidad. Sus húmedos labios rozaron mi oreja mientras sus brazos rodeaban mi torso, provocando una agradable presión de sus pechos contra mí espalda. Posición que el silencio preservó hasta que, con la aterradora facilidad con la que se deslizó el vestido una noche antes, comencé a perder su desnudez.

En el piso encontraba sólo mi ropa esparcida. Cada elemento de su vestimenta estaba dentro de su maleta o bien, ocultando importantes secciones de su piel que añoraba volver a destapar. Ante mi afectuosa insistencia de impedir y entorpecer su despedida, me tomó de las manos. Entrelazando sus dedos con los míos, apretó con fuerza. Eso es lo único que recibí ese día y de alguna manera no era suficiente. Su mano entretejida con la mía no era suficiente y temía que ya nada lo volvería a ser.

Paralizado y lacónico, protagonicé una rápida despedida matizada con palabras que no llegaban a expresar lo que la tempestad interna imploraba exhibir. Con la intención de no extender el desconsuelo, me pidió no acompañarla a su camión. Nos despedimos con un adiós sin atrevernos a pronunciar el hasta luego, pues disfrazaba un hasta nunca. Honrando así una de las condiciones de nuestra aventura.

Movimientos mecánicos me ayudaron a abrochar con meticulosa atención cada botón de mi camisa; a guardar lo necesario; a salir del hotel y caminar cuidando poner un pie frente al otro sin dejar de hacerlo. Los involuntarios movimientos que me condujeron a un amplio camellón atiborrado de sauces. Recuerdo haber odiado a los árboles y al sol que me golpeaba. Recuerdo haber deseado que lloviera, pues así hubiera podido esconder el par de lágrimas que corrían mis mejillas.

No había un detalle que ejemplificara resumidamente la significancia de esa noche. Las conjeturas intermedias y caricias. Los pormenores de cada segundo vivido inundaron la plenitud de un gran recuerdo. Yo, que antes de esa noche no sabía nada, comencé lentamente a educarme en lo que es ser humano.

La idea surge de una novela titulada “La vida que se va” de Vicente Leñero. En ésta, se expone como las decisiones tomadas a lo largo de la vida pueden cambiar drásticamente el desenlace de la misma. Muchas encrucijadas suelen parecer triviales, y sin embargo, capaces de marcar un parteaguas en la historia de una vida.

Hay decisiones que por su naturaleza son evidentemente importantes, como el qué estudiar, qué amigos conservar, o con quién casarse. Pero existen también aquellas disfrazadas de insignificancia, como la elección de vestimenta de un día cualquiera, el camino que se toma para llegar, el libro que leer, la parada en la que te bajas.

La intriga propia del destino está en estas decisiones de poca importancia que catalizan de alguna manera un desenlace diferente al imaginado. Son éstas la que, en el largo plazo, terminan por burlarse de los planes forjados en la juventud. Las que nos mantienen despiertos por la noche preguntándonos, “¿qué hubiera sido de mi si…?”

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