Uno. Dos.

Carla Cohen

Fotografía de Ricardo Oliviera

UNO.

Un poema funciona porque es hermético,

Porque no deja caminar a sus anchas al lector.

Lo confronta, le da la vuelta y sigue su trayectoria;

los lectores, ingenuos, creen que pueden atravesar sus

puertas. Nada de eso, aquí solo transitan las palabras,

el tiempo, una mirada incesante que penetra cada molde.

Hay un lenguaje impertinente, imposible de rescatar,

porque se ha perdido desde el origen.

No hay comienzo, y el final es solo un punto que conecta

con el que sigue. Leer

todas mis palabras

no te ha llevado

a nada

nuevo.

*

DOS.

Imagínanos –Tú y Yo– en una clase de persona y humanismo. Todo lo que podríamos aprender, reconocer, que tanto tú como yo no somos ni muy-muy ni tan-tan. Que me puedo ocultar y no va a llegar el homosexual, digo, pequeño intelectual amigo de la belleza municipal y me repito que algún día me mostrará su _(pito)_. Pero no te voy a aburrir con mis perversiones ni mis faltas (de valores) morales, creo que tú bien sabes los problemas que nos han proporcionado las malas decisiones. Te pido que, una vez más, reflexiones y dejes de usar condones porque yo así no pienso ir a las clases contigo porque creo que tú eres más persona y yo más humano y tú podrás incluirme en tu cuadro de obscenidades pero solo hasta que comprendas que sigo usando calzones y que tengo buenas intenciones.

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